Savitski, el jefe de la Sexta División, se levantó al verme y yo me asombré de la belleza de su cuerpo gigantesco. Se levantó y, con el púrpura de sus pantalones de montar, con su gorrita carmesí echada hacia un lado y con las órdenes que le colgaban del pecho, cortó la isba al medio, igual que un estandarte corta el cielo. Despedía olor a perfume y a la empalagosa frescura del jabón. Sus largas piernas parecían muchachas embutidas hasta los hombres en brillantes botas de montar.
Me sonrió, dio un golpe con la fusta sobre la mesa y acercó a sus ojos la orden recién dictada por el jefe del Estado Mayor. Era la orden a Iván Chesnokov de salir con el regimiento que le habían asignado en dirección a Chugunov-Dobrivodka y, al entrar en contacto con el enemigo, aniquilarlo…
«… Hago responsable de ese aniquilamiento –escribió el comandante de la división, llenando para ello toda la hoja– a ese Chesnokov, bajo amenaza de la pena máxima, que ejecutaré de inmediato, de lo cual usted, camarada Chesnokov, no puede tener dudas, pues no es el primer mes que trabaja conmigo en el frente…».
El comandante firmó la orden con un gancho, se la arrojó a los ordenanzas y volvió hacia mí sus ojos grises, en los que danzaba la alegría.
–¡Cuéntame! –gritó, y cortó el aire con la fusta.
Después leyó que me habían agregado al Estado Mayor de la división.
–¡Labren la orden! –dijo–. Labren la orden y que este hombre se anote en todas las diversiones, excepto las de primera línea. ¿Sabes leer y escribir?
–Sí –respondí, envidiando el hierro y las flores de su juventud–. Terminé la carrera de Derecho en la Universidad de Petersburgo…
–Eres un nene de mamá–gritó riendo–, y llevas anteojos en la nariz. ¡Qué sarnoso!... Los envían sin preguntar, y aquí los matan solo por llevar anteojos. ¿Te quedarás con nosotros, eh?
–Sí –respondí, y me fui con el alojador al pueblo a buscar un albergue.
El alojador llevaba mi baúl sobre los hombros; la calle de la aldea se extendía delante de nosotros, redonda y amarilla como una calabaza; el sol agonizante exhalaba en el cielo su rosado aliento.
Llegamos a una barraca con los troncos pintados; el alojador se detuvo y, de pronto, dijo con sonrisa culpable:
–Aquí tenemos un problema con los anteojos, y no hay manera de pararlo. Al hombre más distinguido aquí lo revientan, pero, si usted deshonra a una dama, a la dama más pura, entonces se gana el cariño de los soldados…
Titubeó un momento con mi baúl sobre los hombros, se acercó a mí, después saltó hacia atrás, presa de la desesperación, y corrió al primer patio. Unos cosacos estaban sentados allí sobre el heno y se afeitaban el uno al otro.
–¡Eh, soldados! –dijo el alojador, dejando mi baúl en el suelo–. Según las órdenes del camarada Savitski, están obligados a aceptar a este hombre en su vivienda; y nada de tonterías, porque este hombre ha sufrido mucho durante sus estudios…
El alojador se puso colorado y se marchó sin darse vuelta. Yo me llevé la mano a la visera y saludé a los cosacos. Un muchacho joven de pelo largo y pajizo y una hermosa cara de Riazán se acercó a mi baúl y lo arrojó a la calle. Después volvió el trasero hacia mí y, con singular habilidad, empezó a emitir sonidos vergonzosos.
–Calibre cero-cero –le gritó riendo un cosaco más viejo–. ¡Fuego rápido!...
El muchacho agotó su sencillo número y se apartó. Entonces, arrastrándome por el suelo, empecé a recoger los manuscritos y mis agujereadas prendas, que habían caído del baúl. Recogí todo y lo llevé al otro extremo del patio. Al lado de la barraca, sobre unos ladrillos, había una olla en la que se cocinaba carne de cerdo; humeaba como lo hace a lo lejos la casa paterna en la aldea, y mezcló en mí el hambre con una soledad sin precedentes. Tapé con heno mi baúl roto, lo usé de almohada y me acosté en el suelo para leer en Pravda el discurso de Lenin en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista. El sol caía sobre mí por detrás de unas lomas escarpadas; los cosacos me pisaban las piernas; el muchacho se burlaba de mí sin descanso; los queridos renglones venían hacia mí por un camino espinoso y no podían llegar. Entonces dejé el periódico y fui a ver a la dueña, que devanaba hilo en la entrada.
–Patrona –dije–, tengo que comer…
La vieja levantó hacia mí el blanco derrubiado de sus ojos semiciegos y los volvió a bajar.
–Camarada –dijo tras un breve silencio–, estas cosas me dan ganas de ahorcarme.
–¡Me cago en Dios! –murmuré y, con fastidio, empujé a la vieja en el pecho–. La falta que me hace hablar contigo…
Me di vuelta y vi un sable ajeno tirado cerca de mí. Un ganso altivo vagaba por el patio y se limpiaba tranquilo las plumas. Llegué hasta él, lo apreté contra el suelo; la cabeza crujió bajo mi bota, crujió y chorreó. Su blanco cuello quedó tendido en el estiércol; las alas se alzaban sobre su cuerpo.
–¡Me cago en Dios! –dije, atravesando el ganso con el sable–. ¡Ásemelo, patrona!
La vieja, con los destellos de su ceguera y sus anteojos, levantó el ave, la envolvió en su delantal y se la llevó a la cocina.
–Camarada –dijo tras una breve pausa–, tengo ganas de ahorcarme –y cerró la puerta tras de sí.
En tanto, en el patio, los cosacos ya se habían sentado alrededor de su olla. Estaban quietos, firmes como hierofantes, y no miraban el ganso.
–El muchacho encaja bien con nosotros –dijo de mí uno de ellos, guiñando un ojo y hundiendo la cuchara en la sopa.
Los cosacos empezaron a cenar con la sobria elegancia de campesinos que se guardan respeto mutuo. Yo limpié el sable con arena, salí a la calle y, exhausto, regresé. La luna pendía sobre el patio como un anillo barato.
–Hermanito –me dijo de pronto Surovkov, el mayor de los cosacos–, siéntate a comer con nosotros mientras preparan tu ganso…
Sacó de la bota una cuchara de más y me la dio. Tomamos sopa hecha por ellos mismos y comimos cerdo.
–¿Qué escriben en los periódicos? –preguntó el muchacho de pelo pajizo, haciéndome lugar.
–En el periódico escribe Lenin –dije sacando el Pravda–. Lenin escribe que tenemos escasez de todo…
Y en voz alta, como un sordo triunfante, leí a los cosacos el discurso de Lenin.
La noche me envolvió en la vivificadora humedad de sus sábanas crepusculares, la noche apoyó sus manos maternales sobre mi frente ardiente.
Leía y me regocijaba, espiaba con regocijo la misteriosa curva que describiría la línea recta de Lenin.
–La verdad hace cosquillas a todos en la nariz –dijo Suvorkov cuando terminé–, pero no es fácil verla en el montón. Sin embargo, él la capta enseguida, como las gallinas el grano.
Esto dijo de Lenin Suvorkov, jefe del escuadrón del Estado Mayor. Después nos fuimos a dormir al henil. Dormimos los seis ahí, calentándonos el uno al otro, con las piernas entrelazadas, bajo un techo agujereado que dejaba ver las estrellas.
Tuve sueños, soñé con mujeres, y solo mi corazón, manchado de rojo por el crimen, chirriaba y sangraba.
